SABER GASTAR

Llevo observando en las últimas semanas cómo se extiende y se asienta en la sociedad española la necesidad de incrementar el gasto público – no importa hasta qué niveles- como salida a la crisis económica y como propulsor de la tan ansiada recuperación, especialmente cuando las turbulencias financieras tienden a remitir y la liquidez parece volver a engrasar el circuito de la financiación privada. Sin duda, los planes de reactivación económica en su vertiente fiscal son del todo necesarios en un escenario de falta de confianza y de debilidad de la demanda interna. Por tanto, la política fiscal expansiva parece imprescindible sobretodo cuando la política monetaria parece estar llegando al límite de su recorrido. Sin embargo, ello no debería obviar que con gastar más no es suficiente. Y, ante todo, que un déficit público elevado es un riesgo no sólo para la sostenibilidad económica del país sino también para nuestro Estado del Bienestar. Las actuales previsiones para el déficit público español para el 2009 alcanzan la cifra del 7.5% del PIB - sólo superado por el déficit esperado en Irlanda y Reino Unido en Europa–. La salida del ortodoxo Solbes no parece presagiar nada bueno en este sentido.

Sin duda estamos gastando mucho y más que se va a gastar. De hecho, no es habitual que una economía como la española, abierta y de dimensión reducida, plantee una política fiscal tan agresiva y de forma no coordinada con los países del entorno, que sin duda pueden beneficiarse del esfuerzo español sin incurrir en ningún coste. El fracaso de la medida de los 400 euros, que sólo fue efectiva para aniquilar el superávit existente hasta el momento, la medida del cheque-bebé - más populista que de izquierdas – las subvenciones a sectores económicos con dudoso futuro en nuestro país, y el riesgo a que el Plan E de Zapatero se convierta en un plan de inversiones en glorietas y aceras son sin duda algunos ejemplos de lo que no se debe hacer con el gasto público. Y todo ello, amigos contribuyentes, aumenta el déficit público de forma acuciante y limita el futuro margen fiscal ante una contracción que se prevé larga. El coste de oportunidad de cada euro gastado es creciente, porque no nos engañemos, un déficit como el previsto no es sostenible y en algún momento vamos a dejar de gastar. Cuantas oportunidades habremos perdido llegados a ese punto?

Si bien los retos que plantea la actual crisis son de una magnitud histórica y pueden permitir la corrección de los excesos del mercado y llevarnos hacia un modelo más equilibrado donde el Mercado y el Estado jueguen el papel que mejor saben desarrollar sin fundamentalismos, ello no va a lograrse sin un liderazgo político claro, sin un diseño gubernamental global para un mercado global, y sin una receta sostenible para la recuperación económica. Por ello, los gobiernos se encuentran hoy ante una responsabilidad histórica, y la vía de un déficit descontrolado no parece el mejor camino. La extensión de la presencia del Estado y su papel contracíclico para lograr la recuperación no puede sustentarse en un gasto improvisado y masivo. Es en estos momentos en el que la necesaria intervención del Estado debe ser responsablemente analizada y evaluada, conforme a su efectividad. El gasto público debería apuntar a tres objetivos muy claros. En primer lugar, a proteger a los sectores más desfavorecidos y más vulnerables a la crisis económica; aliviar la caída de la demanda y de la confianza con medidas que complementen a los estabilizadores automáticos y, finalmente, pero no menos importante, favorecer una transición hacia un modelo productivo más competitivo y sostenible.

En conclusión, la necesaria respuesta del Estado a los fallos del mercado, así como los programas de estímulo fiscal son del todo necesarios para la recuperación, pero no a cualquier precio ni de cualquier manera. Lo auténticamente importante es la calidad de la intervención y la efectividad del gasto. En este sentido deberíamos prestar más atención al diseño de los programas gubernamentales de gasto y no justificar un déficit galopante por la gravedad de la crisis. La recuperación no la encontraremos gastando más, sino sabiendo gastar.