Sin duda nos encontramos en un momento histórico. Un momento de transición entre un modelo económico iniciado en los ochenta en el que el mercado logró asentarse cuando ante la crisis energética de los setenta el modelo de mayor participación del Estado, preeminente en la economía occidental desde la posguerra, fue incapaz de ofrecer una respuesta satisfactoria. Otro episodio más en los ciclos Estado-Mercado de la historia económica y por tanto, otro punto de inflexión en su grado de participación en la economía. Todo indica que los fallos de mercado – en los setenta fallos de gobierno – y las reacciones políticas derivadas de la crisis actual parecen plantear de nuevo un punto de inflexión. Este nuevo episodio apuntaría a corregir los excesos del mercado, excesos particularmente agravados gracias a la victoria moral e ideológica que supuso la caída del muro de Berlín y la rendición del Comunismo, y a extender la presencia del Estado y de la regulación como solución.
A pesar de estos presagios, los que hoy anuncian el hundimiento de la preeminencia del mercado y anticipan precipitadamente la vuelta al modelo keynesiano de los cincuenta y sesenta deberían tomarse, de momento, algún tiempo adicional para la reflexión. El keynesianismo dio una respuesta satisfactoria a los retos planteados por la gran depresión en los años 30 porque supo responder ante las extremas necesidades del momento con un fuerte liderazgo del Gobierno de los Estados Unidos. Por tanto, el liderazgo económico del Estado superó la incapacidad del Mercado para dar salida al estancamiento económico. Ello supuso un cambio de paradigma que no fue discutido hasta la crisis de los setenta y la sorprendente – hasta ese momento desconocida – estanflación. Algo similar ocurrió ante la incapacidad del Estado para resolver los retos planteados por las crisis de los setenta. Un nuevo modelo económico propulsado principalmente por el éxito y liderazgo político y económico de los gobiernos Reagan y Tatcher logró devolver el dominio al Mercado asentando el cambio de paradigma vigente hasta la actualidad.
Con este breve – y necesariamente incompleto - repaso a los diferentes episodios del ciclo Estado-Mercado del siglo XX uno podría plantearse que se demuestra que una crisis global es síntoma de cambio de paradigma. Sin embargo, otros opinamos que es el éxito de la alternativa en su gestión de la salida de la crisis y de la recuperación la condición suficiente que ha permitido el cambio de modelo. Este éxito siempre ha presentado dos características: liderazgo político y soluciones adecuadas ante la incapacidad del modelo preeminente hasta el momento. Por este motivo, antes de anunciar el hundimiento del neoliberalismo y del dominio del mercado, tendríamos que repasar la salud de ambas características en nuestros días.
Por un lado, la izquierda vive hoy, en Europa, uno de los peores momentos de su historia y ello dificultará, sin duda, el liderazgo político y económico que deberían tomar sus partidos de referencia y sus líderes para imponer un cambio de paradigma económico. De momento, hemos visto ese liderazgo por parte de presidentes conservadores como Sarkozy y Merkel y de un Brown que gobierna 20 puntos por debajo de su rival conservador David Cameron y que muy probablemente deje el número 10 en las próximas elecciones. De verdad esperamos un cambio de paradigma liderado por la derecha? Cuanto menos, ello podría ser discutible.
En segundo lugar, debemos plantearnos con espíritu crítico si las decisiones tomadas en nombre del cambio de paradigma se ajustan a una gestión exitosa de la crisis y a una recuperación sostenible. Ello nos conduce al análisis del gasto y a la gestión de la crisis financiera. La receta para la recuperación, aparte de la re-regulación, parece tomar el camino del gasto, especialmente en España. Sin embargo, lo importante no es gastar más, sino saber gastar. Los programas de gasto deberían anteponer su efectividad a su presencia. Por otro lado, las ayudas del Estado a la Banca y al sector de la construcción deberían limitarse a evitar un colapso financiero por su fuerte impacto sobre el sistema económico pero al mismo tiempo evitar, en la medida de lo posible, que aquellas iniciativas de alto riesgo fracasadas puedan llevarse un immerecido rescate, especialmente cuando el mismo depende de recursos públicos pagados por los contribuyentes. Finalmante, ante un mercado más globalizado el Estado en su versión nacional se presenta incapaz de responder a los nuevos retos regulatorios del siglo XXI. Por este motivo, tiene sentido avanzar en políticas de integración gubernamental que faciliten la coordinación de políticas fiscales y que favorezcan el florecimiento de un liderazgo integrador para la Unión Europea y que hoy, a diferencia de lo que sucede en los Estados Unidos con Obama, se encuentra atomizado.
Por todos estos motivos, los partidos de izquierda se encuentran hoy ante un reto de enorme trascendencia. Sin una posición de liderazgo difícilmente lograran asentar un nuevo paradigma económico que sustituya los años de fundamentalismo del mercado de la última década. Sin el impulso para la creación de organizaciones gubernamentales globales será cada vez más insatisfactorias sus recetas, y sin una adecuada intervención efectiva y de calidad, difícilmente lograran convencer de la alternativa socialdemócrata como modelo político-económico sostenible y de futuro. El cambio de paradigma no dependerá de la crisis económica, sino de la capacidad y altura de la classe política, especialmente de la reacción del centro-izquierda.
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